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miércoles, 26 de septiembre de 2012

LOS MISMOS PIES, por Rocío Troyón de Buenos Aires, Argentina.


De pronto, en el pequeño campo visual que quedaba entre mi libro y el piso, aparecieron tus pies vestidos en zapatos de décadas pasadas. Su posición me impedía identificar por dónde habían llegado. Mucho tiempo después supe que siempre subías al andén por un recoveco entre las vías del tren y que nunca pagabas el boleto. No tardé en alzar mi cabeza para identificar quién estaba parado frente a mí interrumpiendo mi lectura. Eras vos, habías llegado diez minutos tarde a nuestra cita improvisada en el bar. Yo no recordaba los detalles de esa noche hasta que volví a verte en  la estación esa tarde. Vos parecías haber comprendido que aquel “nos vemos en la estación a las cinco” había sido sólo una forma de decir, de evitar aclarar que no sentía ningún interés en reencontrarte.
Pero me sorprendiste, y eso me gustó. Todavía recuerdo tu cara de incómoda ilusión cuando al levantar la vista no demoré en pronunciar tu nombre. Vos sabías que solamente había sido una cuestión de cortesía, pero decidiste arriesgarte. “No hay nada peor que quedarse con la intriga”, habías dicho tratando de despertar mi curiosidad en nuestra primera charla. Por eso fuiste a la estación. Sin embargo, yo no tenía dudas. Había algo en vos que no quería conocer: me aterraba la seriedad de tus zapatos, tu seriedad. Durante unas semanas, volvimos a vernos y hasta me animé a confesar que la ropa de tus pies era horrorosa. Vos aseguraste que lo mío era un trauma, que algo tenía con tus zapatos que jamás iba a poder revelar. La última vez que te vi llevabas los mismos pies, pero tenías unas zapatillas azules impecables, casi relucientes. Ese día supe que sería nuestro último encuentro. Quizás ya había logrado todo lo que esperaba en vos, quizás mi obsesión se disolvió en tus últimos pasos.  

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