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martes, 5 de marzo de 2013

ENTRE EL DOLOR Y EL PLACER, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España


Los libros son los maestros que nos instruyen sin brutalidad, sin gritos ni cólera, sin remuneración. Si nos acercamos a ellos, jamás los encontramos dormidos; si les formulamos una cuestión, no nos ocultan sus ideas; si nos equivocamos no nos dirigen reproches.
Ricardo de Bury, Filobiblión o muy hermoso tratado sobre el amor a los libros.

No le faltaba razón al bueno de Ricardo de Bury cuando hizo semejantes afirmaciones allá por el siglo XIII. Los libros, efectivamente, son unos buenos maestros que nos preparan para la vida; y, en consecuencia, no nos ocultan ni lo bueno ni lo malo de esta. A veces, incluso, analizan la maldad de forma despiadada advirtiéndonos de sus peligros, como una madre nos puede advertir en contra de ciertos alimentos. Desde bien pronto contó la humanidad con libros en contra de las guerras, Las troyanas, Hécuba... o en contra del orgullo desmedido, Antígona, y en contra de todos los vicios y estupideces humanas. No parece, pese a todo, que los libros hayan servido de mucho. Y quizás por eso mismo se advierte un cierto reproche en ellos: hay montones y montones de libros que denuncian las mismas carencias, vicios y necedades; y el hombre sigue sin enterarse, sin prestarles la debida atención. A veces hay en las bibliotecas algo así como un mudo reproche, un grito silencioso. Tal vez Ricardo de Bury no lo captó.

Los libros, por otra parte, se pueden convertir en toda una aventura. Pero la aventura, y en contra de lo que muchos creen, se alcanza a cierta edad, ya mayor, y tras muchas travesías por muchos desiertos. Se llega a un momento en la vida en el que abrir un libro es iniciar un viaje que nunca sabemos a donde nos puede conducir. Pues un libro despierta el interés por otro; el otro nos lleva a un lugar insospechado; y de este lugar insospechado podemos saltar a tierras que jamás hubiéramos imaginado. Bien es cierto que muchas de esas tierras ya han sido descritas, de forma bien subjetiva, en escuelas, institutos y universidades. Muy a menudo valiéndose de las cartas de marear de navegantes anteriores, y sin cuestionar los prejuicios y modas contenidos en esas y en otras descripciones. Eso explica la supervivencia de muchas opiniones y de no pocos prejuicios. Ante lo cual no cabe sino lo que querían los humanistas: viajar a las fuentes originales.
Preguntarse por qué en la Europa del siglo XIX hubo tanta guerra y violencia, nos puede llevar, en algunos casos, a consultar a León Tolstoi, Guerra y paz, de donde surge, inevitable, Pérez Galdós y los Episodios nacionales, junto con Stendhal, etc. etc. Leyendo los Episodios brota la pregunta de si la guerra civil española de 1936 no sería una continuación, un último episodio de todas aquellas sangrientas trifulcas que no acabó de novelar, y fue una pena, don Benito. Hay, por desgracia, un incuestionable paralelismo entre los desmanes de los guerrilleros, no olvidemos que la guerra de la Independencia fue la academia del desorden, y los de la Columna de Hierro, donde, al parecer, se parapetaron todo tipo de criminales y asesinos. Y por las mismas causas: falta de un ejército y de una autoridad fuerte y decidida. Hay gente a la que la guerra la va muy bien.
Sí, los Episodios nos llevan, en línea recta, a la literatura sobre la guerra civil. Ejemplar resulta al respecto el libro de Manuel Chaves Nogales A sangre y fuego, héroes, bestias y mártires de España. Resulta deprimente, leyendo este libro, tanta matanza y tanto terror. Aunque a tan bestiales episodios no les falte su toque de humor, un humor, por otra parte, bien español:
Al caer en el foso, la cabeza del miliciano fue a dar en el pecho de su última víctima, que aún alentaba. Intentó incorporarse con las ansias de la muerte, pero le faltaron las fuerzas y cayó de bruces. Su cara se aplastó sobre el rostro ensangrentado del moro. Su mirada turbia recorrió de cerca la faz espantable del marroquí moribundo, y aún tuvo alma bastante para balbucear:
-¡Qué feo eres, chato.”[1]
Este sentido del humor nos llevaría, desde luego, a la novela picaresca, a las fanfarronadas ante la muerte, pero si seguimos leyendo, páginas después, en el relato titulado “Consejo obrero”, aparece un carlista. Según este personaje las guerras anteriores no eran guerras de exterminio:
Los carlistas no hemos hecho nunca la guerra como los militares de profesión, que se encarnizan contra el enemigo aunque sea de su propia sangre.”[2]
Quien esto afirma evidentemente no se ha leído los Episodios. No hay como echar un vistazo a los titulados Zumalacárregui y La campaña del Maestrazgo. Leídos estos, y algunos más, no se sabe muy bien dónde está esa supuesta falta de encarnizamiento. Cabe preguntar, además, por si no queda claro, si es que hay alguna guerra que sea humana o humanitaria, y más las civiles donde el odio lo llena todo. ¿No se busca en todas ellas la aniquilación del supuesto enemigo? ¿Y no se recompensa acaso al que más seres humanos mata? No voy a entrar en el fácil juego de si estos o aquellos hicieron más o menos salvajadas. Humanista por convicción, creo que quien tiene toda la razón del mundo es Erasmo de Rotterdam: “No hay paz tan inicua que no sea preferible a la más justa de las guerras.”[3]
El otro viaje que invitan a hacer las novelas de don Benito es ir a las fuentes del Naturalismo, movimiento por el que, al parecer, sintió una cierta atracción como se puede demostrar leyendo algunas de sus novelas, La desheredada por ejemplo, y sin ánimo de ser exhaustivo.
El Naturalismo provocó toda una serie de ataques y defensas en su época. Por motivos ideológicos y religiosos, por supuesto. Entre unos y otros se terminó por no saber muy bien qué es el Naturalismo. Nada mejor, una vez más, que ir a las fuentes originales, a Émile Zola en este caso. Émile Zola es, ante todo, un gran novelista. Tan grande como implacable: no hay capa social del segundo imperio francés (1852-1871) que quede por estudiar en su magna obra. Y no hay capa social de la que no ponga bien a las claras sus vicios y errores, sus perezas y defectos... Es una humanidad que rezuma corrupción, vicios, hipocresía, crímenes... Sí, a veces, a uno le dan ganas de definir el Naturalismo como una corriente literaria que describe al hombre en sus más bajas pasiones. No sería acertada, por supuesto; faltarían muchas cosas, muchas matizaciones. Pues en casi todas las novelas de Zola hay o aparece un personaje positivo, por mucho que la conclusión de la más pesimista de sus novelas, Pot-Bouille, traducida a veces por Vida en común o por Miseria humana, sea que “Todo puede resumirse en una frase: basura y compañía.”[4]
Y ahora, ante tanta basura y corrupción, surge la inevitable pregunta que nos lleva, otra vez, al principio: ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Es que no nos han servido de nada tantos años de civilización? ¿Dónde quedan las idílicas Grecia y Roma donde, no lo olvidemos, también Sócrates y Séneca fueron condenados a muerte por ex alumnos? Tal vez deberíamos comenzar de nuevo por leer los Diálogos de Platón, y los Moralia, de Plutarco y... Aunque nada más fuera para evitarnos la depresión producida por las lecturas del naturalismo y de las salvajadas de la guerra. Porque otra cosa...
Sin duda se equivocó Ricardo de Bury: sí que amonestan los libros, y riñen. Claro que riñen, como todo maestro que se precie. Tal vez uno de los problemas de la Humanidad sea que todavía no ha aprendido a leer. Hay libro que tiene el ceño fruncido desde hace muchos siglos. Por no prestarle atención, por no saber interpretarlo, siempre se repiten las mismas situaciones: lucha por el poder, corrupción, crímenes, asesinatos... Catilina, quo usque tandem abutere patientia nostra... ¿Hasta cuándo?



[1]    Manuel Chaves Nogales, A sangre y fuego, Espasa libros, colección Austral, Madrid, 2010 p.180
[2]    Ibídem, p. 257
[3]    Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano. Querella de la paz. Ediciones Orbis, Barcelona, 1984. p. 131
[4]    Émile Zola, Vida en común, Traducción de Mariano García Sanz, Barcelona, 1972, p.463

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