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miércoles, 9 de julio de 2014

EL PUENTE DE JACÁN, por Pastor Aguiar, de Estados Unidos (nativo de Cuba)


Era la mañana cargada de olores. Un vendaval de grillos mantenía al aire vibrando, y el sudor se empozaba en el alma desde antes de salir el sol.
A tal hora, Pepín se espantaba los entumecimientos de la noche. Hinchado a más no poder, el campo de pangola, que iba creciendo desde la ventana de la cocina hasta los primeros rayos, le pareció un espejismo hasta que vio abrirse paso el polvo azorado de la guardarraya, y a poco, el jeep del Moro descabezando terrones y dando saltos sobre ellos como un sapo viejo.
Ya en camino, Pepín recordaba a su padre como una lluvia fresca y se arrellanaba un poco más. Iba riéndose solo.
El Moro, cuando manejaba, no sabía hacer otra cosa. Su perfil cincelado contra el azul de afuera, subía y bajaba con los tirones.
Si la vieja no hubiera tenido que ir a operarse a la Habana con el puerco de diciembre como paga, Pepín no hubiera estado ahora con todas las truchas en la imaginación, como si las tocara.
De pronto el Moro se cagó en su madre y saltó al suelo dando patadas.
_ ¡Carajo, por apurarme!_
_ ¡Qué apuro, si vamos a catorce!_
_Venía cogiendo la loma. Ésa no es velocidad para esta mierda.
Pepín sintió todo perdido. Aquella “cafetera” se estremecía con el motor apagado, como si fuera a huir mundo arriba desvistiéndose de todos los hierros. De no haber sido por el tractor de Bernardo, que los pasó de la loma, hubieran muerto de puro desespero.
Eran las diez.
Las truchas estarían despiertas, resbalando por un agua descansada y levantando piedras para comerse todas las cosas vivas de la laguna.
El jolgorio de los sinsontes les embobecían los oídos. Los pitirres espantaban unas tiñosas que les doblaban el tamaño;  y para colmo los sabaneros, como si fueran a dejarse atrapar con la mano, hasta que  echaban a correr para levantar un vuelo que a Pepín le daba lástima.
Los ojos nudosos del Moro se agarraron cien varas por delante de los almácigos para impulsar al jeep. A cada rato metía unos ronquidos que lo levantaban en peso.
_ ¡Este catarro!_
Pepín se puso a revolver las lombrices. Una de ellas alcanzó el borde de la lata y saltó al rollo de polvo que huía hacia atrás. Cualquiera, a trote corto, los hubiera adelantado fácilmente.
_ ¡Cuidado, que viene el puente!_
Ahora se fueron contra el parabrisas para ver los tablones renegridos y separados unos de otros, con huecos llenos de yerbajos espinosos que no dejaban ver el agua. Al lado de allá dejarían el camino y saltando sobre los terrones, atravesarían  el potrero de Ambrosio Mental, para alcanzar la laguna y arrancarle el peje muerto de hambre.
Las gomas delanteras astillaron  un tablón y Pepín se sujetó de la puerta.
El Moro aceleró como nunca para salvar los lomos de madera de una vez; pero algo pasó en el corazón podrido del puente y lo primero que oyeron fue un rajarse de leñas como en estampida, y vieron, a través del parabrisas, un bando de codornices que salían a más no poder, hacia donde se calentaba la Luna Nueva.
Todo fue sustituido por un vacío en los pechos, parecido al miedo.
El agua partió los cristales y les llenó la boca.
Pepín se salió por la ventanilla. Los guajacones le escarbaban los oídos buscando lombrices. Forcejeó contra las raíces del fondo y las uñas de gato le arrancaron la carne.
Abrió los ojos y vio menos.
No le quedaba otra cosa que morir, y a su edad ese pensamiento nunca llega. Fue arrastrado por la corriente hacia delante y arriba, como si fuera a llegar al cielo por dentro del líquido. Tuvo ganas de respirar y se tragó los renacuajos sin poder toser.
Casi imperceptiblemente fue aliviándose.
Resbalaba suavemente por las cosas, y el hueco del pecho se le llenó de vuelos de pájaros. Ahora no supo qué hacer, tenía deseos de reír sin precisar de qué.
Y hasta de ello se fue olvidando. Sintió sueño. Iba a quedarse dormido.
Y pensar que el Moro ya estaría echando los primeros anzuelos. 

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